martes, 16 de enero de 2018






EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS,
Naguib Mahfuz

Escojo del rimero de libros pendientes de lectura uno del escritor árabe Naguib Magfuz. En concreto, empiezo a leer Palacio del deseo, un parte de la Trilogía de El Cairo junto con Entre dos palacios y La azucarera, y advierto de inmediato que el libro que sintetiza mejor el mundo novelístico de Naguib Magfuz (El Cairo, 1911-2006) no es otro que El callejón de los milagros, una novela que en el fondo es una recreación de El Cairo, pues en el callejón de Midaq pululan personajes con sus deseos y ambiciones, un microcosmos que el autor utiliza de manera recurrente, si dejamos al margen otras novelas en las que recreó el mundo faraónico.
      Abandono Palacio del deseo y comienzo a releer El callejón de los milagros. Todos sus personajes están perfectamente trazados con una técnica que recuerda a los grandes novelistas decimonónicos: actúan, se expresan y también son definidos, por lo que la información que tenemos de ellos es muy completa. En todos sus personajes late una vida, pero una vida de ficción muy creíble, con no pocos rasgos costumbristas. Así, el doctor Bushi, quien se dedica junto con Zaita a quitar las dentaduras de los muertos en el cementerio, dice del sabio y bondadoso Husaini: “Si enfermáis, id a curaros con el señor Husaini. Si os desesperáis, contemplad la luz de su frente y recobraréis la esperanza. Si os apesadumbráis, escuchad sus palabras y no tardaréis en recobrar la alegría”. Mientras que el narrador omnisciente se refiere también a Husaini del siguiente modo: “Todo él se había transformado en amor total, en deseo absoluto del bien, en paciencia”. La dimensión filosófica de la novela se mantiene gracias a las reiteradas reflexiones de Husaini: “¿Cómo podemos aburrirnos con el azul del cielo, la hierba verde, las flores perfumadas, con la maravillosa capacidad de amar que tiene el corazón y ante la infinita fuerza del espíritu para creer? ¿Cómo es posible aburrirse en un mundo en que están los seres que amamos, que admiramos, que nos aman y que nos admiran?”. El deseo que es difícilmente dominable lleva a muchos personajes a la perdición, pues el anhelo de felicidad pocas veces se cumple. Así, la pasión que el futuro soldado Abbas siente por Hamida  –objeto de deseo de muchos de los hombres del Callejón– se manifiesta con estas palabras: “Yo te amo. Te amo desde hace mucho tiempo. Te amo más que tu madre. Te lo juro por mi fe en al-Husain, en su antepasado y en su Señor”. A lo que el narrador apostilla: “Hamida experimentó un intenso placer al oír estas palabras y se sintió embargada por un sentimiento de orgullo que se avenía perfectamente con su natural caprichoso y su gusto por el poder y el dominio. En ella se constató el hecho de que las palabras de amor son siempre agradables a los oídos, independientemente de lo que sienta el corazón. Son como un bálsamo para las almas cerradas”.
      La destreza de Naguib Mahfuz para indagar en los deseos y explicar los sentimientos es máxima. Diría que su estilo recuerda en este sentido a la gran novela francesa del siglo XIX. Por esta y otras muchas cualidades en 1988 recibió el Premio Nobel de Literatura. Releo este libro extraordinario, y veo la fecha en que lo compré: 25 de julio de 1989, Casa del Libro de Madrid, regalo de Mamá. Andaba yo todavía vinculado intelectualmente con el mundo árabe. ¡Cuántos recuerdos han brotado al escoger esta novela por azar del rimero de libros que crece y crece junto a mi mesa!

jueves, 4 de enero de 2018








NUESTRA HISTORIA, Pedro Ugarte


Había leído algunos cuentos de Pedro Ugarte (Bilbao, 1963) en varias antologías y también su novela de sugerente título, Los cuerpos de las nadadoras (finalista del Premio Herralde 1996). Guardaba su nombre en la memoria, como ejemplo de autor que aborda con un realismo directo y despojado de florituras estilísticas el sentido del hombre aquí y ahora. La concesión del Premio Setenil 2017 a su último libro de cuentos, Nuestra historia, me predispuso a leerlo. Y el resultado no es otro que el placer de haber disfrutado con algunos cuentos extraordinarios,  escritos todos ellos con sencilla elegancia.
      “Días de mala suerte” aborda los estragos que la crisis económica reciente ocasiona en una familia con deseos de poseer bienes inmobiliarios para así formar parte de un estatus que acarrea no pocas exigencias, anhelos que inevitablemente provocan el deterioro de las relaciones familiares. Es un descenso a los infiernos de un personaje que al final, unido a su mujer en el intento de renunciar a todo para salvarse y salvar a sus seres queridos, descubre qué es lo importante en la vida: “Con la primavera volvió el buen tiempo y debíamos saludar a la vida, saludarla de algún modo, pues aún pertenecíamos a ella. Sin coche, acudíamos andando a los parque cercanos, donde Adela jugaba a la cuerda o Luis empezaba a quedar con sus amigos. A veces llevábamos la merienda, extendíamos sobre la hierba un mantel floreado y comíamos los cuatro juntos. Ahora, paseando por los parques,  Blanca y yo nos dábamos la mano, mientras los niños corrían delante de nosotros. Al final de la primavera, hicimos el amor” (p. 20). El mensaje vendría a ser algo moralista, pero es válido: de la adversidad, a través de la renuncia de lo superfluo, se alcanza de nuevo la felicidad.
     En ocasiones (“Vida de mi padre”) Pedro Ugarte ofrece la caligrafía inestable de un adolescente que se niega a reconocer la enfermedad de su padre, al principio la ignora, pues solo tiene la imagen de su progenitor haciendo crucigramas, y el joven es incapaz de aceptarlo porque los padres de sus amigos tienen buenos trabajos. La madre sentencia: “Tu padre te quiere, nos quiere mucho, y es una magnífica persona. Ojalá hubiera más gente como él” (p. 39).
      En “La muerte del servicio” plantea el reencuentro de un grupo de amigos un fin de semana en una casa junto a un embarcadero. En este marco se desliza la nostálgica experiencia de comprobar cómo ha transcurrido el tiempo y cómo le ha ido la vida a cada uno de los amigos: “Al principio, aprender cosas se convierte en una experiencia embriagadora. Uno accede a pliegues desconocidos de la vida e interpreta su propia juventud como una forma de poder (…). Ahora no estaba seguro de sentirme en paz. No estaba seguro de si lo que había ocurrido en todos estos años era lo correcto” (p. 53).
      En “Enanos en el jardín” aborda que la felicidad está siempre amenazada. Un matrimonio dormita en la rutina y en el paulatino deterioro que lleva a la mutua ignorancia. Confían en que un viaje pueda ser el revulsivo que les dé nuevo aliento para continuar, pero al final descubren también la amenaza de la infidelidad. En fin, un cuento con final sorpresivo, que deja en el aire la idea de la  imposibilidad del paraíso.
     “Mi amigo Böhm-Bawerk” es un cuento largo en el se plantea la coincidencia de dos hombres solitarios en un bar. Uno, un rico industrial que pertenece a una trasnochada aristocracia, y otro, un hombre de mediana edad que trabaja en una agencia de viajes y acude cada tarde al bar de Lorenzo.  Es una reflexión sobre cómo el azar vincula a seres distantes en relaciones imposibles.
      Concluida la lectura de este libro, siente el lector que el autor lo ha guiado por unas experiencias con las que es fácil identificarse, y además lo ha hecho con excelencia estilística, como si el lector viajara tirado por un husky siberiano, siempre conducidos por la fluidez, la sencillez y la sabiduría narrativas de un tal Pedro Ugarte. Recuerden el nombre y el título.



martes, 2 de enero de 2018





CAZADOR DE CLARIDADES

La poesía excede los estrechos límites de un poema y se muestra en muchas otras formas de expresión: en la música, en la publicidad, en un paisaje, en un rostro bello, en el color de un lienzo, en un abeto con nieve… Por eso, el poeta ha de estar atento y ser algo así como un cazador de claridades, de sentimientos, de metáforas capaces de expresar con la palabra esa brizna de belleza y verdad que nos hace la vida más hermosa y humana.

Julián Montesinos

martes, 26 de diciembre de 2017




 

ALREDEDORES, Antonio Moreno


Antonio Moreno alcanza con este su tercer libro un ejemplo de alta literatura y profunda reflexión sobre el sentido de la vida. No sé si decir que el núcleo de la obra de este poeta está cumplido, habida cuenta de su prolífica producción dispersa en poemas, libros de viajes y ensayos. Consta Alrededores (Pre-textos, 1995) de veinticinco poemas en prosa que captan la hermosura de los paisajes del campo (Barxell, La Sarga, Maitino, Alzabares), la luminosidad de mar (“En la escollera”) y algunos recodos apacibles de la ciudad. El hombre y el poeta, que vienen a ser el mismo en “estas ficciones que acaso tengan un punto de realidad”, se enfrentan a la naturaleza, sienten el paisaje, lo viven, pero no se funden en él siguiendo los dictados del panteísmo, sino que intentan captar el instante intenso para trasladar al papel lo que su retina vio y retuvo la memoria. Pareciera que el poeta sabe de la imposibilidad de no “añadir interpretaciones a la mirada”. Y es esta manera de mirar el mundo, de seleccionar los elementos del paisaje, de caminar al fin por sendas y pueblos de recóndita belleza, uno de los aciertos de este libro.
      Quisiera insistir en que el poeta se nutre del venero de los temas clásicos tratados siempre con un modo sencillo de decir. Así, se reflexiona sobre la devastación que provoca el paso del tiempo, y sobre la consiguiente exaltación del presente: “El presente es desnudez total, soledad frente al tiempo que pasa”. Alude el poeta a la incertidumbre sobre el futuro y a la imposible felicidad, siempre algo esquiva: “No existe un punto de madurez definitiva que, tras haberse alcanzado, presida serenamente la existencia”. Al mismo tiempo, el poeta contempla la belleza del mundo y transmite en sus versos cierto tono de serenidad, nostalgia y contenida emoción. Son muchas las reflexiones sobre el sentido de la literatura, sobre las falsas estéticas y poetas grandilocuentes (“burdos poetas a quienes les gusta llevar su pluma, con pensamientos y emociones retóricas, a palabras y conceptos revenidos que fueron vida en otros”), así como sobre el ejercicio propio de la escritura: “Porque escribir no es más que aislarse, henchir la soledad con su propia sustancia”.
      El otro gran acierto de este libro es su transparencia. Si pudiéramos aventar el libro como si de un fardo de trigo se tratara, el viento nada se llevaría, pues tal es el rigor expresivo de este poemario. Junto a un tono conciso, el léxico se agranda para nombrar la belleza rural, o cuando se detiene en la descripción de la luz: “Una luz como la de Vermeer entraba desde el patio silencioso al cuarto”.
      Asimismo, hace gala el poeta de variadas perspectivas narrativas. Si en ocasiones se camufla el autor (“el viajero”, “el caminante”, “el extranjero”), en otras utiliza un “yo” meditativo y una puntual segunda persona que apela al lector. Este juego de perspectivas, se enriquece con traslaciones temporales (a veces, contemplando el presente, un nimio detalle le hace rememorar el pasado, como sucede en “Perspectivas”) y también con la autocita de un texto (“Soledad de la ignorancia”) que siendo joven escribió y que hoy, ya hombre, comenta con cierta ironía y comprensión.
      Pasado un tiempo, releo este libro y me reafirmo en la idea de que estos poemas en prosa de Antonio Moreno me parecen extraordinarios ejemplos de cómo el poeta proyecta sobre el paisaje alicantino una sentida concepción elegíaca del mundo, con una transparencia expresiva digna de elogio.



martes, 28 de noviembre de 2017






LE PREMIER BONHEUR DU JOUR, Françoise Hardy






LE PREMIER BONHEUR DU JOUR, Pink Martini




lunes, 20 de noviembre de 2017










SALVACIÓN, Miguel Sánchez Robles

Antes de acudir a la presentación que el autor hizo de su novela en Murcia, me encontré con un regalo imprevisto: la posibilidad de pasear por la ciudad recordando los años en que trabajé allí, los amigos con los que compartí mi tiempo… Mientras caminaba lentamente pensaba en cómo mi vida se ha ido cumpliendo, en cómo el tiempo ha conseguido crear esa sensación de haber vivido. Me hacía feliz pasear sin rumbo y saber que luego coincidiría con Miguel Sánchez Robles, un escritor que admiro y a quien conocí en un premio de poesía en Algeciras. ¡Con qué gratitud recordamos ese tiempo! Surgió en nosotros una sencilla amistad. Acabo de leer su nueva novela y sé con certeza que podría escribir líneas y folios sobre su obra. Ya he escrito en este blog comentarios sobre algunos de sus libros de poemas y sobre sus novelas anteriores. Su obra me interesa, me parece singularísima por su hibridismo poético y autobiográfico. Y lo digo como filólogo, no con el entusiasmo que enjabona la amistad.
     Cómodamente sentado me dispuse a disfrutar de las palabras de los presentadores y de las del autor. Anoté cosas. Salí contento de haber acudido a la presentación y regresé a mi ciudad con el convencimiento de que hay que aprender a vivir y a sentir lentamente, a valorar a las personas y los quehaceres que nos hacen feliz. Y poco más.
      Acabo de terminar Salvación y no sé cómo empezar. ¿Por qué le puso ese título? Es sugerente, directo, ambivalente. Al final de la obra se entiende por qué lo puso. Reconoce el autor que la novela se construía sin el puntero orientador que es un título. Otras novelas suyas fueron guiadas desde el principio por el título. Así sucedió en Donde empieza la nada. Sin embargo, en esta que nos ocupa, el título llegó después. Pensó, reconoció en el transcurso de la presentación, que le gustaba La luz de la vigilia o Hambre de vivir, pero llegó Salvación. Y sin duda es acertado porque la literatura que ama Sánchez Robles es esa literatura que salva, que empapa el corazón y da ganas de vivir si ansiedades.  
      Quizá sea la vida el tema clave. Miguel Sánchez Robles ama esta palabra. La utiliza en sus poemas, en sus cuentos, en sus novelas. Pero vivir, ¿cómo? Es decir, siendo  consciente de vivir. Para él la vida es demasiado sagrada para vivirla inconscientemente, porque en los minúsculos detalles es donde se halla: “Y de repente, no sé por qué, amo la vida. Amo mucho la vida. Y recuerdo, casi de una a una, esas veces en las que, de pronto, he amado la vida dándome cuenta de la belleza y la eternidad de cada uno de esos momentos (p. 20)”. Es también una especie de viaje iniciático, pero no se trata de un libro de viajes, sino más bien de un viaje interior, de una búsqueda personal: “Voy a quedarme quieto. Voy a saber vivir. Ya no voy a correr más contra el tiempo, como los ciclistas o los coches de carrera contra el tiempo o como esos títeres que se caen, que se quedan sin hilos de tanto correr contra el tiempo. Voy a cambiar. Voy a ser otro. Me voy a detener y a existir muy despacio, despacio, despacio…(p. 18)”. Desde la atalaya de quien contempla el paso del tiempo, el protagonista narrador afirma: “Haber vivido es no morir nunca del todo (p. 24)”. O más adelante, afirma: “… Mamá, la vida, si la miras despacio, es una suspensión de momentos mágicos unidos uno a uno, de locura dispersa, de cosa iluminada por un resplandor nuclear (p. 109)”. O véase también: “La Vida tiene siempre un vapor azulado (…). La Vida es esa niña que transporta en sus manos saliva de Neruda para curar a un pájaro (p. 143-144)”.
     Tampoco se trata de una novela religiosa. En ella pervive el simbolismo religioso, un estado que inspira el regreso a la esencia de las palabras que el autor encuentra también en las palabras sagradas y en el misterio religioso de Caravaca de la Cruz: “Estás aquí, dulcemente católico y humano, escuchas al sacerdote todas esas bellas palabras que dice, te arrodillas, te sientas, te levantas, te persignas y te salvas de ese pánico de no ser más que un idiota y comprendes que Dios nos puso en el corazón una cosa que tiembla, una cosa que tiembla, una cosa que tiembla (p. 19)”. Y en otros pasaje se refiere a un anhelo de transcendencia para alcanzar lo esencial: “Entonces yo también miro un poco hacia arriba como buscando a Dios, ofrecerle algo a Dios o pedirle que me ayude a vivir despacio y a no soportar la pus de la Nada que invade nuestro tiempo. Miro hacia arriba arrepentido de no poder creer, de no saber ser creyente como Lola o las monjas (p. 22)”.
      Y qué decir de la estructura de la novela, de su incuestionable filiación a este género a pesar de que el autor reniega de las peripecias argumentales y defiende otro concepto y manera de narrar. Estructurada en seis capítulos (Preludio, Eternidad, Ternura, Delirio, Camino, Salvación), lo que confiere unidad a la novela es la voz narrativa y lírica del autor, una voz que tiene muchas características de la narración iniciática, de aprendizaje en la madurez.
Ahora no temo que esta reseña se convierta en un panegírico, en una alabanza del libro en cuestión. Y lo digo porque sé que no es práctica habitual de esta bitácora, donde solo se prodigan los elogios cuando la obra lo merece. Por ello, el primer aviso es para quienes esperen encontrar algo parecido a un argumento de sujeto, verbo y predicado; el autor y el libro rehúyen de esa simplicidad tan bestselleriana del planteamiento, nudo y desenlace, donde el autor es poco menos que un demiurgo que ha sabido mover y resolver las piezas de un jeroglífico argumental. Aquí hay que mirar con ojos asombrados y dejarse sorprender por la calidad estilística de cada página y por la magia de la literatura poética.
     Aunque es relativamente fácil advertir las referencias literarias (un verso aquí, una cita allá, desperdigados en el barranco de un párrafo) de las que se nutre MSR, lo importante es ver cómo el autor las tamiza, las hace suyas, para conseguir eso que yo me atrevería a definir como el estilo sanchezrobles, es decir, una prosa lírica sin tontainas, un léxico amplio que incorpora vocablos de muchas disciplinas (de la botánica, de la anatomía, de la astronomía, de la liturgia, palabras como “lixiviar, hígado, galochas”…), que además posee un ritmo tan cadencioso que hace de su prosa un ejemplo de musicalidad. Sería absurdo y prolijo justificar aquí con ejemplos cuanto digo para justificar mis palabras. Pero en ocasiones, el latido lírico puede resultar tan omnipresente que a algún lector pudiera despistarle, sobre todo si sus expectativas lectoras buscan ese tipo de tramas argumentales comunes en tantos libros. Por el contrario, ese lirismo será gozoso para quienes valoren la calidad de este libro, páginas llenas de imágenes que como diamantes se clavan en el prado del acontecer de la narración. Y a esta tarea acumulativa y lírica se entrega con ahínco el escritor, convencido de que hay que “sacarle sabor a las palabras”.
     Respecto a la perspectiva narrativa, durante el camino desde Roncesvalles a Caravaca de la Cruz, el autor-protagonista va alternando tres perspectivas: las descripciones paisajísticas de cuanto ve, las reflexiones del narrador y las apelaciones a la madre, como destinataria de un emotivo discurso. La carta a la madre va ocupando cada vez más espacio, es una invocación donde se pone de manifiesto ese juego de pronombres personales desde un “yo lírico del autor” al “tú escuchante de la madre” muerta prematuramente. Y nos viene a la memoria otros libros donde la voz poética del autor se modula en un discurso epistolar. Bastaría con recordar el monólogo de Mortal y rosa, de Francisco Umbral, o ese otro libro delicado que se perdió en el tiempo, Mrs. Cadwell habla con su hijo, de C. J. Cela. Pero aquí todo es distinto, pues el estilo de MSR es auténticamente personal. La carta que le dirige a la madre ausente se convierte a su vez en una autobiografía sentimental del autor. Baste el siguiente ejemplo: “… Siempre hubo muchos días en los que yo necesité hablar contigo. Decirte, por ejemplo: Mamá, querida madre muerta: Una vez fuimos jóvenes y usábamos con ganas las palabras que importan a los niños. Era esa época en que existían los piojos y la tos, las mañana se llenaban de sol, de ruiseñores y jilgueros cantando en las zarzas y en los manzanos, las lagartijas corrían a esconderse en la sombra pequeña de una piedra, había un caballo blanco que bebía, ¿te acuerdas, mamá?, y yo siempre tenía, en aquel tiempo, la sensación dulce de quien devuelve limpia una paloma al viento en el crepúsculo (p. 57)”. Otras veces, es ella desde el más allá, quien se cuela en la conciencia del escritor y le interpela: “Querido hijo: Todo es siempre un lugar que se derrumba. No hay nadie en las pensiones. Hace frío en los dormitorios y en las máscaras. Los minutos huelen a Biblia. Hace setenta años que estoy triste (p. 65)”. Baste este último ejemplo del final, donde se insiste en la necesidad de la comunicación con la madre: “Hablarte todo el tiempo me ha redimido mucho, me ha curado de algo, mamá. No sufras por lo que pienso y siento de la vida. No sufras por mí. Hablarte ha sido como ejercer el modo de construir agujeros de aliento en la Nada. He purificado con ello m soledad absoluta. Me he salvado de algo y soy más fuerte (p. 274)”.
     En otras ocasiones nos sorprende que su voz se aleja de la emoción de lo poético y lo íntimo para referirnos pequeños retazos de sarcasmo, frutos sin duda de su condición de sagaz observador de la realidad: “El que lee la carta a los gálatas tiene cara de persona que se durmió a los veinte años y revivió a los cincuenta (p. 18)”. O en otra ocasión, afirma: “La gente sabe que algo se ovilla siempre en sus vidas, y a lo mejor por eso, la gente se llevaría de verdad a una isla desierta su vibrador con ventosa o algo por el estilo. Es un milagro la gente (p. 33)”. Entiéndase que el tomo del libro es conmovedor y poético, pero en ocasiones se despacha con comentarios que logran que el lector se abandone en la risa, tal y como sucede cuando sueña que son muchas las celebridades que lo besan, desde Uma Thurman a Fraga Iribarne (p. 183). O se adentra en la imaginación surrealista: “Tengo frío (…) Abro la puerta de una droguería y veo el desierto… Entro en una oficina de Correos y sólo hay un pony disecado. Una estatua del general Prim está viva (p. 204)”. Quizá sea MSR el único escritor en el panorama actual que es capaz de incrustar en el discurso narrativo una retahíla de imágenes, metáforas y comparaciones tan originales como luminosas; una prosa que es una “burbuja verbal” incontenible. Para lograr ese universo de quietud que adora el autor, los libros, la poesía y las referencias culturales lentamente asumidas a lo largo de una vida alcanzan una armónica simbiosis vital.
    Habría que referirse a esa especie de acotaciones literarias que aparecen al comienzo de algunas secciones del capítulo “Camino”, pues sobresalen por su delicadeza descriptiva, por ser un apunte liviano que encuadra el desarrollo e informa de breves asuntos históricos y artísticos del pueblo al que el caminante llega o abandona. Son fotográficas estampas subjetivas: “…He salido de Pamplona. Me dirijo a Puente de La Reina. En el jardín sucio de una de las casas del extrarradio veo una piscina portátil a medio hinchar. ¡Qué fea es! Atravieso un cinturón industrial con naves enormes y letreros enormes y altas torres eléctricas. pero todo está quieto, detenido, desierto… (pp. 77-78)”.
    Después del camino simbólico y literariamente recorrido por MSR en su novela, vuelvo al principio: “Si de niño yo hubiera sabido que envejecer era esto, hubiese vivido de otra manera, de otra manera, de otra manera… (p. 14)”. Para ver la síntesis de elementos temáticos y formales que contiene la escritura de MSR, léase la magnífica Carta a Dios que se pone en boca de una maestra jubilada (pp. 243-251).
    Cierro el libro y tengo la impresión de que sería una pena que pasara inadvertido. También pienso que leer a MSR me produce una consciencia sensitiva y una melancolía que exceden el tiempo de lectura. Y creo que el autor y su obra exigen ya un reconocimiento que rompa las fronteras autonómicas que se van creando también en lo literario y en lo cultural. Por su originalidad no exenta de riesgos, Miguel Sánchez Robles es algo así como un lobo solitario de la literatura, “un tigre loco y poético”, un maestro dueño de una cofradía integrada por quienes creen en ese tipo de Literatura que Salva. Nosotros, sus lectores cofrades, le seguimos con gratitud.
      Iba a recapitular una serie de textos que he subrayado, ese tipo de palabras enjundiosas que, según su autor, conviene saborear en el crepúsculo. Son tantos que decido concluir aquí y ahora esta reseña o pensamiento elogioso mientras se lee.

viernes, 3 de noviembre de 2017




 

CONCIERTO DE CONTRARIOS,  
Juan Ramón Torregrosa

Se es poeta porque quien mira –el poeta en este caso– es un ser dotado para ver más allá de lo evidente, es una especie de zahorí capaz de descubrir esa belleza que existe en todo lo que vive. La “mirada sedienta” de comprender el mundo exterior e interior es la aldaba del escritor, el instrumento para entrar sutilmente en el espacio de la emoción y el pensamiento. Viene a cuento esta digresión porque el libro que comentamos de Juan Ramón Torregrosa exhibe una capacidad inusual de situarse ante el mundo para comprenderlo con sabiduría.
     Desde un punto de vista temático, el libro es en su brevedad una síntesis de los temas constantes de la literatura: su filiación clásica lo vincula con esa manera peculiar de captar la naturaleza (contemplación del cielo y de la vida, con impresionistas detalles); ahonda en el tempus fugit y sus estragos, y aunque hay  momentos donde se advierte un soplo de alegría en la existencia que sucede pronto se adentra en profundidades que rozan la zozobra existencial; retoma el tópico de las ruinas para insistir en la caducidad de cuanto existe: “De todo cuanto vida fue y belleza / qué poco permanece”; se detiene en las reflexiones de libros y escritores que le sirven de guía para comprender la vida: “Vivimos, mi querido Cándido, / en el mejor / de los mundos posibles, / pues si fuera posible otro mejor, / Dios lo hubiera creado”; asoma en ocasiones una conciencia crítica que reafirma esa naturaleza temáticamente poliédrica del poemario (“El regreso de Gulliver”), sobre todo en el poema “La conciencia”:

LA CONCIENCIA
La voz de la conciencia
llaman a ese callado eco interior
que nos mantiene alerta y nos invita
a ser fieles a lo que fuimos, somos
y seremos sin ser un día: luz,
voz desnuda en el aire.

Mas, ¿qué voz mantener en estos tiempos
feos de algarabía que no sea
un eco de otras voces,
palabras falsas, pompas de jabón
que estallan si las rozas, si las piensas,
si hurgas en su meollo?

Y cómo te adormecen
si te descuidas, si les das cobijo.
Parásitas, se incrustan y moldean
con intención infame el pensamiento,
te enajenan, te expulsan
de ti.
    

     Tras leer este libro uno vuelve a pensar en que vivir es un oxímoron (la vida es lucha nos recuerda Fernando de Rojas, a quien se cita al comienzo del poemario). Y así es, la vida es una lucha de contrarios, una pugna desigual entre la realidad y el deseo, entre la contemplación y la acción, entre el arte y la vida (como sucede en “Tonio Kröger”), entre los afueras y los adentros del hombre, entre el ayer y el hoy (como se plantea en “Manriqueña”). Mas el poeta, al cabo, ama las dos vidas: “la vida activa que a la acción te empuja, / la vida ociosa que la paz te ofrece”.
      Junto a la variedad temática de la que hablamos (acertados poemas en el tratamiento de la naturaleza sirven de contrapeso a otros más reflexivos y ceñidos a referencias culturales no exentos de cierto pesimismo), hay un predominio de la antítesis que acentúa la tensión en algunos poemas, tal y como se advierte en “Parte de un todo”, cuyos versos nos recuerdan a otros de José Hierro (“Vida”):

PARTE DE UN TODO
Este fluir de la nada
no debería ser
un diluirse en la nada por completo.

Aunque nada de nuestro paso quede,
el hecho de pasar deja su huella
como deja su mínima señal
cada una de las gotas que no vemos,
solo vemos la lluvia.

La partícula más imperceptible
forma parte de un todo,
   y ese todo
nunca sería el mismo,
nos consuela pensar,
sin la nada que somos.

     No podemos pasar por alto algunos aspectos formales. Sorprende la precisión de los adjetivos cromáticos (mimosas amarillas, paisaje verde y ocres, cielo azul, nubes blancas, plumón blanco y rosa, “escala de dorados / ocres polífonos”… ) y una recurrencia de los elementos de la naturaleza (las hojas, el viento, los juncos, las mimosas, los lirios…). Esta sabia selección de elementos coadyuva a su vez a dotar al libro de una elegante y estremecedora belleza. Hay que referirse a las figuras retóricas que se advierten a menudo (“Agua que fluye y huye, canta y calma”) y a este cuarteto perfectamente construido: “Cubren con su amarillo las mimosas / el asfalto que pisas, amarillos / que de la rama al suelo, sin ser pluma, / sin ser nieve, descienden lentos, leves”. Otras veces, en un breve poema, con hipérbaton y metáfora aderezado, se ofrece una delicada imagen impresionista:

FLAMENCOS
Horadan el espejo
quieto de las salinas
los flamencos,
                        hundidas
las cabezas,
                   al aire
el plumón blanco y rosa.

No te detengas,
no interrumpas el cauce
de asfalto que te lleva.

Guarda para la noche esta luz.

     Si hay un aspecto que sobresale es este libro es sin duda la construcción de unos poemas depurados, rítmicos por su perfecta medida, clásicos en su decir.