lunes, 20 de noviembre de 2017










SALVACIÓN, Miguel Sánchez Robles

Antes de acudir a la presentación que el autor hizo de su novela en Murcia, me encontré con un regalo imprevisto: la posibilidad de pasear por la ciudad recordando los años en que trabajé allí, los amigos con los que compartí mi tiempo… Mientras caminaba lentamente pensaba en cómo mi vida se ha ido cumpliendo, en cómo el tiempo ha conseguido crear esa sensación de haber vivido. Me hacía feliz pasear sin rumbo y saber que luego coincidiría con Miguel Sánchez Robles, un escritor que admiro y a quien conocí en un premio de poesía en Algeciras. ¡Con qué gratitud recordamos ese tiempo! Surgió en nosotros una sencilla amistad. Acabo de leer su nueva novela y sé con certeza que podría escribir líneas y folios sobre su obra. Ya he escrito en este blog comentarios sobre algunos de sus libros de poemas y sobre sus novelas anteriores. Su obra me interesa, me parece singularísima por su hibridismo poético y autobiográfico. Y lo digo como filólogo, no con el entusiasmo que enjabona la amistad.
     Cómodamente sentado me dispuse a disfrutar de las palabras de los presentadores y de las del autor. Anoté cosas. Salí contento de haber acudido a la presentación y regresé a mi ciudad con el convencimiento de que hay que aprender a vivir y a sentir lentamente, a valorar a las personas y los quehaceres que nos hacen feliz. Y poco más.
      Acabo de terminar Salvación y no sé cómo empezar. ¿Por qué le puso ese título? Es sugerente, directo, ambivalente. Al final de la obra se entiende por qué lo puso. Reconoce el autor que la novela se construía sin el puntero orientador que es un título. Otras novelas suyas fueron guiadas desde el principio por el título. Así sucedió en Donde empieza la nada. Sin embargo, en esta que nos ocupa, el título llegó después. Pensó, reconoció en el transcurso de la presentación, que le gustaba La luz de la vigilia o Hambre de vivir, pero llegó Salvación. Y sin duda es acertado porque la literatura que ama Sánchez Robles es esa literatura que salva, que empapa el corazón y da ganas de vivir si ansiedades.  
      Quizá sea la vida el tema clave. Miguel Sánchez Robles ama esta palabra. La utiliza en sus poemas, en sus cuentos, en sus novelas. Pero vivir, ¿cómo? Es decir, siendo  consciente de vivir. Para él la vida es demasiado sagrada para vivirla inconscientemente, porque en los minúsculos detalles es donde se halla: “Y de repente, no sé por qué, amo la vida. Amo mucho la vida. Y recuerdo, casi de una a una, esas veces en las que, de pronto, he amado la vida dándome cuenta de la belleza y la eternidad de cada uno de esos momentos (p. 20)”. Es también una especie de viaje iniciático, pero no se trata de un libro de viajes, sino más bien de un viaje interior, de una búsqueda personal: “Voy a quedarme quieto. Voy a saber vivir. Ya no voy a correr más contra el tiempo, como los ciclistas o los coches de carrera contra el tiempo o como esos títeres que se caen, que se quedan sin hilos de tanto correr contra el tiempo. Voy a cambiar. Voy a ser otro. Me voy a detener y a existir muy despacio, despacio, despacio…(p. 18)”. Desde la atalaya de quien contempla el paso del tiempo, el protagonista narrador afirma: “Haber vivido es no morir nunca del todo (p. 24)”. O más adelante, afirma: “… Mamá, la vida, si la miras despacio, es una suspensión de momentos mágicos unidos uno a uno, de locura dispersa, de cosa iluminada por un resplandor nuclear (p. 109)”. O véase también: “La Vida tiene siempre un vapor azulado (…). La Vida es esa niña que transporta en sus manos saliva de Neruda para curar a un pájaro (p. 143-144)”.
     Tampoco se trata de una novela religiosa. En ella pervive el simbolismo religioso, un estado que inspira el regreso a la esencia de las palabras que el autor encuentra también en las palabras sagradas y en el misterio religioso de Caravaca de la Cruz: “Estás aquí, dulcemente católico y humano, escuchas al sacerdote todas esas bellas palabras que dice, te arrodillas, te sientas, te levantas, te persignas y te salvas de ese pánico de no ser más que un idiota y comprendes que Dios nos puso en el corazón una cosa que tiembla, una cosa que tiembla, una cosa que tiembla (p. 19)”. Y en otros pasaje se refiere a un anhelo de transcendencia para alcanzar lo esencial: “Entonces yo también miro un poco hacia arriba como buscando a Dios, ofrecerle algo a Dios o pedirle que me ayude a vivir despacio y a no soportar la pus de la Nada que invade nuestro tiempo. Miro hacia arriba arrepentido de no poder creer, de no saber ser creyente como Lola o las monjas (p. 22)”.
      Y qué decir de la estructura de la novela, de su incuestionable filiación a este género a pesar de que el autor reniega de las peripecias argumentales y defiende otro concepto y manera de narrar. Estructurada en seis capítulos (Preludio, Eternidad, Ternura, Delirio, Camino, Salvación), lo que confiere unidad a la novela es la voz narrativa y lírica del autor, una voz que tiene muchas características de la narración iniciática, de aprendizaje en la madurez.
Ahora no temo que esta reseña se convierta en un panegírico, en una alabanza del libro en cuestión. Y lo digo porque sé que no es práctica habitual de esta bitácora, donde solo se prodigan los elogios cuando la obra lo merece. Por ello, el primer aviso es para quienes esperen encontrar algo parecido a un argumento de sujeto, verbo y predicado; el autor y el libro rehúyen de esa simplicidad tan bestselleriana del planteamiento, nudo y desenlace, donde el autor es poco menos que un demiurgo que ha sabido mover y resolver las piezas de un jeroglífico argumental. Aquí hay que mirar con ojos asombrados y dejarse sorprender por la calidad estilística de cada página y por la magia de la literatura poética.
     Aunque es relativamente fácil advertir las referencias literarias (un verso aquí, una cita allá, desperdigados en el barranco de un párrafo) de las que se nutre MSR, lo importante es ver cómo el autor las tamiza, las hace suyas, para conseguir eso que yo me atrevería a definir como el estilo sanchezrobles, es decir, una prosa lírica sin tontainas, un léxico amplio que incorpora vocablos de muchas disciplinas (de la botánica, de la anatomía, de la astronomía, de la liturgia, palabras como “lixiviar, hígado, galochas”…), que además posee un ritmo tan cadencioso que hace de su prosa un ejemplo de musicalidad. Sería absurdo y prolijo justificar aquí con ejemplos cuanto digo para justificar mis palabras. Pero en ocasiones, el latido lírico puede resultar tan omnipresente que a algún lector pudiera despistarle, sobre todo si sus expectativas lectoras buscan ese tipo de tramas argumentales comunes en tantos libros. Por el contrario, ese lirismo será gozoso para quienes valoren la calidad de este libro, páginas llenas de imágenes que como diamantes se clavan en el prado del acontecer de la narración. Y a esta tarea acumulativa y lírica se entrega con ahínco el escritor, convencido de que hay que “sacarle sabor a las palabras”.
     Respecto a la perspectiva narrativa, durante el camino desde Roncesvalles a Caravaca de la Cruz, el autor-protagonista va alternando tres perspectivas: las descripciones paisajísticas de cuanto ve, las reflexiones del narrador y las apelaciones a la madre, como destinataria de un emotivo discurso. La carta a la madre va ocupando cada vez más espacio, es una invocación donde se pone de manifiesto ese juego de pronombres personales desde un “yo lírico del autor” al “tú escuchante de la madre” muerta prematuramente. Y nos viene a la memoria otros libros donde la voz poética del autor se modula en un discurso epistolar. Bastaría con recordar el monólogo de Mortal y rosa, de Francisco Umbral, o ese otro libro delicado que se perdió en el tiempo, Mrs. Cadwell habla con su hijo, de C. J. Cela. Pero aquí todo es distinto, pues el estilo de MSR es auténticamente personal. La carta que le dirige a la madre ausente se convierte a su vez en una autobiografía sentimental del autor. Baste el siguiente ejemplo: “… Siempre hubo muchos días en los que yo necesité hablar contigo. Decirte, por ejemplo: Mamá, querida madre muerta: Una vez fuimos jóvenes y usábamos con ganas las palabras que importan a los niños. Era esa época en que existían los piojos y la tos, las mañana se llenaban de sol, de ruiseñores y jilgueros cantando en las zarzas y en los manzanos, las lagartijas corrían a esconderse en la sombra pequeña de una piedra, había un caballo blanco que bebía, ¿te acuerdas, mamá?, y yo siempre tenía, en aquel tiempo, la sensación dulce de quien devuelve limpia una paloma al viento en el crepúsculo (p. 57)”. Otras veces, es ella desde el más allá, quien se cuela en la conciencia del escritor y le interpela: “Querido hijo: Todo es siempre un lugar que se derrumba. No hay nadie en las pensiones. Hace frío en los dormitorios y en las máscaras. Los minutos huelen a Biblia. Hace setenta años que estoy triste (p. 65)”. Baste este último ejemplo del final, donde se insiste en la necesidad de la comunicación con la madre: “Hablarte todo el tiempo me ha redimido mucho, me ha curado de algo, mamá. No sufras por lo que pienso y siento de la vida. No sufras por mí. Hablarte ha sido como ejercer el modo de construir agujeros de aliento en la Nada. He purificado con ello m soledad absoluta. Me he salvado de algo y soy más fuerte (p. 274)”.
     En otras ocasiones nos sorprende que su voz se aleja de la emoción de lo poético y lo íntimo para referirnos pequeños retazos de sarcasmo, frutos sin duda de su condición de sagaz observador de la realidad: “El que lee la carta a los gálatas tiene cara de persona que se durmió a los veinte años y revivió a los cincuenta (p. 18)”. O en otra ocasión, afirma: “La gente sabe que algo se ovilla siempre en sus vidas, y a lo mejor por eso, la gente se llevaría de verdad a una isla desierta su vibrador con ventosa o algo por el estilo. Es un milagro la gente (p. 33)”. Entiéndase que el tomo del libro es conmovedor y poético, pero en ocasiones se despacha con comentarios que logran que el lector se abandone en la risa, tal y como sucede cuando sueña que son muchas las celebridades que lo besan, desde Uma Thurman a Fraga Iribarne (p. 183). O se adentra en la imaginación surrealista: “Tengo frío (…) Abro la puerta de una droguería y veo el desierto… Entro en una oficina de Correos y sólo hay un pony disecado. Una estatua del general Prim está viva (p. 204)”. Quizá sea MSR el único escritor en el panorama actual que es capaz de incrustar en el discurso narrativo una retahíla de imágenes, metáforas y comparaciones tan originales como luminosas; una prosa que es una “burbuja verbal” incontenible. Para lograr ese universo de quietud que adora el autor, los libros, la poesía y las referencias culturales lentamente asumidas a lo largo de una vida alcanzan una armónica simbiosis vital.
    Habría que referirse a esa especie de acotaciones literarias que aparecen al comienzo de algunas secciones del capítulo “Camino”, pues sobresalen por su delicadeza descriptiva, por ser un apunte liviano que encuadra el desarrollo e informa de breves asuntos históricos y artísticos del pueblo al que el caminante llega o abandona. Son fotográficas estampas subjetivas: “…He salido de Pamplona. Me dirijo a Puente de La Reina. En el jardín sucio de una de las casas del extrarradio veo una piscina portátil a medio hinchar. ¡Qué fea es! Atravieso un cinturón industrial con naves enormes y letreros enormes y altas torres eléctricas. pero todo está quieto, detenido, desierto… (pp. 77-78)”.
    Después del camino simbólico y literariamente recorrido por MSR en su novela, vuelvo al principio: “Si de niño yo hubiera sabido que envejecer era esto, hubiese vivido de otra manera, de otra manera, de otra manera… (p. 14)”. Para ver la síntesis de elementos temáticos y formales que contiene la escritura de MSR, léase la magnífica Carta a Dios que se pone en boca de una maestra jubilada (pp. 243-251).
    Cierro el libro y tengo la impresión de que sería una pena que pasara inadvertido. También pienso que leer a MSR me produce una consciencia sensitiva y una melancolía que exceden el tiempo de lectura. Y creo que el autor y su obra exigen ya un reconocimiento que rompa las fronteras autonómicas que se van creando también en lo literario y en lo cultural. Por su originalidad no exenta de riesgos, Miguel Sánchez Robles es algo así como un lobo solitario de la literatura, “un tigre loco y poético”, un maestro dueño de una cofradía integrada por quienes creen en ese tipo de Literatura que Salva. Nosotros, sus lectores cofrades, le seguimos con gratitud.
      Iba a recapitular una serie de textos que he subrayado, ese tipo de palabras enjundiosas que, según su autor, conviene saborear en el crepúsculo. Son tantos que decido concluir aquí y ahora esta reseña o pensamiento elogioso mientras se lee.

viernes, 3 de noviembre de 2017




 

CONCIERTO DE CONTRARIOS,  
Juan Ramón Torregrosa

Se es poeta porque quien mira –el poeta en este caso– es un ser dotado para ver más allá de lo evidente, es una especie de zahorí capaz de descubrir esa belleza que existe en todo lo que vive. La “mirada sedienta” de comprender el mundo exterior e interior es la aldaba del escritor, el instrumento para entrar sutilmente en el espacio de la emoción y el pensamiento. Viene a cuento esta digresión porque el libro que comentamos de Juan Ramón Torregrosa exhibe una capacidad inusual de situarse ante el mundo para comprenderlo con sabiduría.
     Desde un punto de vista temático, el libro es en su brevedad una síntesis de los temas constantes de la literatura: su filiación clásica lo vincula con esa manera peculiar de captar la naturaleza (contemplación del cielo y de la vida, con impresionistas detalles); ahonda en el tempus fugit y sus estragos, y aunque hay  momentos donde se advierte un soplo de alegría en la existencia que sucede pronto se adentra en profundidades que rozan la zozobra existencial; retoma el tópico de las ruinas para insistir en la caducidad de cuanto existe: “De todo cuanto vida fue y belleza / qué poco permanece”; se detiene en las reflexiones de libros y escritores que le sirven de guía para comprender la vida: “Vivimos, mi querido Cándido, / en el mejor / de los mundos posibles, / pues si fuera posible otro mejor, / Dios lo hubiera creado”; asoma en ocasiones una conciencia crítica que reafirma esa naturaleza temáticamente poliédrica del poemario (“El regreso de Gulliver”), sobre todo en el poema “La conciencia”:

LA CONCIENCIA
La voz de la conciencia
llaman a ese callado eco interior
que nos mantiene alerta y nos invita
a ser fieles a lo que fuimos, somos
y seremos sin ser un día: luz,
voz desnuda en el aire.

Mas, ¿qué voz mantener en estos tiempos
feos de algarabía que no sea
un eco de otras voces,
palabras falsas, pompas de jabón
que estallan si las rozas, si las piensas,
si hurgas en su meollo?

Y cómo te adormecen
si te descuidas, si les das cobijo.
Parásitas, se incrustan y moldean
con intención infame el pensamiento,
te enajenan, te expulsan
de ti.
    

     Tras leer este libro uno vuelve a pensar en que vivir es un oxímoron (la vida es lucha nos recuerda Fernando de Rojas, a quien se cita al comienzo del poemario). Y así es, la vida es una lucha de contrarios, una pugna desigual entre la realidad y el deseo, entre la contemplación y la acción, entre el arte y la vida (como sucede en “Tonio Kröger”), entre los afueras y los adentros del hombre, entre el ayer y el hoy (como se plantea en “Manriqueña”). Mas el poeta, al cabo, ama las dos vidas: “la vida activa que a la acción te empuja, / la vida ociosa que la paz te ofrece”.
      Junto a la variedad temática de la que hablamos (acertados poemas en el tratamiento de la naturaleza sirven de contrapeso a otros más reflexivos y ceñidos a referencias culturales no exentos de cierto pesimismo), hay un predominio de la antítesis que acentúa la tensión en algunos poemas, tal y como se advierte en “Parte de un todo”, cuyos versos nos recuerdan a otros de José Hierro (“Vida”):

PARTE DE UN TODO
Este fluir de la nada
no debería ser
un diluirse en la nada por completo.

Aunque nada de nuestro paso quede,
el hecho de pasar deja su huella
como deja su mínima señal
cada una de las gotas que no vemos,
solo vemos la lluvia.

La partícula más imperceptible
forma parte de un todo,
   y ese todo
nunca sería el mismo,
nos consuela pensar,
sin la nada que somos.

     No podemos pasar por alto algunos aspectos formales. Sorprende la precisión de los adjetivos cromáticos (mimosas amarillas, paisaje verde y ocres, cielo azul, nubes blancas, plumón blanco y rosa, “escala de dorados / ocres polífonos”… ) y una recurrencia de los elementos de la naturaleza (las hojas, el viento, los juncos, las mimosas, los lirios…). Esta sabia selección de elementos coadyuva a su vez a dotar al libro de una elegante y estremecedora belleza. Hay que referirse a las figuras retóricas que se advierten a menudo (“Agua que fluye y huye, canta y calma”) y a este cuarteto perfectamente construido: “Cubren con su amarillo las mimosas / el asfalto que pisas, amarillos / que de la rama al suelo, sin ser pluma, / sin ser nieve, descienden lentos, leves”. Otras veces, en un breve poema, con hipérbaton y metáfora aderezado, se ofrece una delicada imagen impresionista:

FLAMENCOS
Horadan el espejo
quieto de las salinas
los flamencos,
                        hundidas
las cabezas,
                   al aire
el plumón blanco y rosa.

No te detengas,
no interrumpas el cauce
de asfalto que te lleva.

Guarda para la noche esta luz.

     Si hay un aspecto que sobresale es este libro es sin duda la construcción de unos poemas depurados, rítmicos por su perfecta medida, clásicos en su decir.

martes, 31 de octubre de 2017











LA LOCA DE LA CASA, Rosa Montero

“Me he acostumbrado a ordenar los recuerdos de mi vida con un cómputo de novios y de libros. Las diversas parejas que he tenido y las obras que he publicado son los mojones que marcan mi memoria, convirtiendo el informe barullo del tiempo en algo organizado” (p. 9). Este es el poder de la literatura: intentar sin éxito ordenar el hecho de vivir, pero en ese intento vano se justifica la vida, los anhelos, las pasiones, el deseo de aprender, el sentido de la imaginación, asuntos que se deslizan con sabiduría por estas páginas que se leen con suma gratitud. La loca de la casa sería, pues, un título ambivalente en tanto que sitúa a la escritura en el reino de la libertad y de la imaginación, siguiendo la conocida sentencia de Santa Teresa de Jesús: “La imaginación es la loca de la casa”.
      Conocía la dimensión novelística de la Rosa Montero y su faceta de periodista afamada (aún conservo algún texto suyo en mi Textario, una especie de antología donde archivo las páginas que más aprecio de todo lo que leo), pero he decir que este libro de memorias es una muestra de bien hacer, un documento misceláneo al que todo escritor que se precie debe enfrentarse alguna vez en su vida. Es decir, un ejercicio de teoría sobre la escritura similar a esa poética común en los poetas. Y Rosa Montero sale engrandecida de su empeño.
      Es encomiable la fluidez narrativa y la agilidad con la que se hilvana un discurso en el que se entreveran dos realidades: las constantes referencias librescas y las alusiones autobiográficas. Por eso, el lector atento debiera leer este libro con un lápiz en la mano para ir anotando los libros, cuentos y enjundiosos textos dispersos en el campo feraz de sus páginas.
Las tres referencias amorosas y eróticas que protagoniza la autora son reiterativas, pues se insiste en los mismos pormenores, tienen su origen en cenas y llamadas idénticas, se ubican en una geografía urbana común, y hasta las posteriores reflexiones son similares. Hay algo en estas referencias íntimas que desafinan en un ensayo autobiográfico sobre el valor de la literatura como actividad que da sentido a una vida.
      Conviene, a tenor del tipo de ensayo que reseñamos, ceder la voz a Rosa Montero. Se refiere al hecho de que el escritor es un ser humano en permanente proceso de escritura: “El escritor está siempre escribiendo. En eso consiste en realidad la gracia de ser novelista: en el torrente de palabras que bulle constantemente en el cerebro. He redactado muchos párrafos, innumerables páginas, incontables artículos, mientras saco a pasear a mis perros, por ejemplo: dentro de mi cabeza voy moviendo las comas, cambiando un verbo por otro, afinando un adjetivo. En ocasiones redacto mentalmente la frase perfecta, y a lo peor, si no la apunto a tiempo, luego se me escapa da la memoria (p. 17)”. También se pronuncia sobre la magia que en ocasiones acontece en el acto de escribir: “A veces sucede que estás escribiendo muy por encima de tu capacidad, estás escribiendo mejor de lo que sabes escribir. Y no quieres moverte del asiento, no quieres respirar ni parpadear ni mucho menos pensar para que no se rompa ese milagro (p. 49)”. Alude en este libro memorialístico donde todo cabe a la tendencia de los escritores a embellecer su pasado, especialmente la infancia, esa arcadia feliz tantas veces reinventada: “De manera que nos inventamos nuestros recuerdos, que es igual que decir que nos inventamos a nosotros mismos, porque nuestra identidad reside en la memoria, en el relato de nuestra biografía” (p. 10-11)”. Y al final retoma esta misma idea: “Toda autobiografía es ficcional y toda ficción autobiográfica, como decía Barthes (p. 273)”. Aunque es manida la referencia, Rosa Montero insiste en la conocida opinión de Vargas Llosa sobre que el origen de la dedicación a la literatura está en la insatisfacción del escritor con el mundo, porque llega un momento en que descubre “su discrepancia con el mundo (p. 71)”. Y para dotar de sentido a la existencia nada mejor, dice Rosa Montero, que abandonarse al género narrativo: “La novela es el único territorio literario en el que reina la misma imprecisión y desmesura que en la existencia humana (p. 158)”. Llaman mi atención la defensa que hace la autora de la legítima ambición del novelista: “Habría que alcanzar ese desapego oriental, esa sabiduría taoísta, la imperturbabilidad estoica de quien nada desea. Pero el problema es que, para ser un buen escritor, hay que desear serlo, y desearlo, además, de una manera febril. Sin la ambición disparatada y soberbia de crear una gran obra, jamás se podrá escribir ni tan siquiera una novela mediana (p. 125)”. No deja de sorprender el juicio radical sobre la actitud indigna de Goethe: “El gran Wolfgang era un pobre pelota, un infeliz que ya desde el primer momento empezó a dejarse las pielecillas de su indignidad en su ardua subida por la escala social (p. 63)”. No es menos crítica con la actitud pedigüeña que practica el sobrevalorado escritor Robert Walser para que le publiquen sus obras (p. 84-85). Son muchas las alusiones que realiza Rosa Montero para ir explicando el sentido que tiene ser escritora en la actualidad. Asimismo, son muy interesantes las constantes referencias que hace a la obra de Ítalo Calvino, Margarite Yourcenar, Carson MacCullers, entre otros. No podríamos pasar por alto la defensa de la lectura, quehacer al que ningún escritor podrá renunciar: “Dejar de escribir puede ser una locura, el caos, el sufrimiento; pero dejar de leer es la muerte instantánea. Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte. Un lugar imposible, inhabitable. De manera que mucho antes que la escritura está la lectura, y los novelistas no somos sino lectores desparramados y desbordados por nuestra ansiosa hambruna de palabras (p. 200)”.
      En fin, un libro misceláneo con reflexiones sobre las costuras ocultas que sostienen el acto de escribir.



miércoles, 18 de octubre de 2017











POR EL LIBRO, VV.AA.
DIEZ MIRADAS, VV.AA.


Cada uno de nosotros, lectores discontinuos de ese género tan difícil y agradecido como es el cuento, tenemos en nuestro archivo de preferencias unos cuantos relatos que han marcado nuestra trayectoria lectora. No sé si les habrá ocurrido, pero hay pocas experiencias lectoras más satisfactorias que dejarse llevar por un buen relato, por las expectativas que genera, hacia un final más o menos previsible. Entonces, la lectora o el lector suspiran y afirman algo así como “qué cuento más extraordinario”. Eso me ha pasado con libros como Música para camaleones, de Truman Capote; Alguien te observa en secreto, de Ignacio Martínez de Pisón;  Tantos ángeles rotos, de Miguel Sánchez Robles, con algunos del olvidado Francisco García Pavón, de Sergi Pàmies, Javier Sáez de Ibarra, Pilar Adón y, sobre todo, con cuentos desperdigados en magníficas antologías de relatos.
      Hoy traigo a esta colmena de recomendaciones, solo dos celdillas, dos libros cuyo denominador común consiste en que se tratan de cuentos relacionados con el acto de leer, con la fascinación que la lectura ejerce. Por una lado, rescato un libro “antiguo”, editado por la desgraciadamente ya desaparecida editorial Everest, titulado Por el libro. En él, recuerdo que leí algunos cuentos magníficos, pero siguen flotando en mi recuerdo uno de Paco Abril, titulado “Lector anónimo”, en el que escritor asturiano da voz a un joven que declara sentirse lector, para lo cual tiene que asumir algún que otro riesgo en un ambiente familiar hostil. Y, por otro, lado, recomiendo dos magníficos cuentos incluidos en el libro Diez miradas: uno de César Mallorquí, titulado “El cerebro del profesor Vázquez”, extraordinario por su humanidad y sencillez, y que narra con suma perfección el sentimiento de orfandad afectiva de un profesor, quien al final de su vida recibe el agradecimiento del médico que le salva la vida y que resulta ser un antiguo alumno suyo; y otro, no menos intenso y poético, “El mar no tiene sueño”, de Fernando J. López, quien muestra el eterno debate entre la realidad y los deseos a partir de la insatisfacción de un joven que se busca porque no sabe hacia dónde ir ni qué hacer con su vida. La poesía, en este caso, le ayudará a encontrarse.
      En fin, dos libritos para amantes del relato y de la lectura.